La crisis suelen ser consideradas como fenómenos extraordinarios
a la vez que indeseables. Y es que en los momentos de crisis , las creencias
normales no parecen sostenerse en pie , se tambalean y se deslumbran. Toda visión
de la crisis vista como gran acontecimiento, como hecho raro, tiene que ser cuestionada,
toda vez que se acumulan evidencias que confirman que las crisis son elementos de
presencia permanente en todo cuanto ocurre a nuestro alrededor.
Cada día me parece más seductora la idea de abandonar las
pretensiones de la verdad científica objetiva, y junto a ella al método, como
conjunto de reglas, estándares o patrones para el descubrimiento científico.
No hay verdades objetivas, por cuanto la verdad es una construcción
una “cosa trabaja”. La verdad científica no
es una presa felizmente alcanzada por un cazador confiado en sus artes inequívocas,
el encuentro invocado de la verdad y el mundo es un imposible.
La ciencia aparece como más pragmática que metódica, mas próxima a una sabiduría,
viva, fabuladora u oportunista, que a un proceder ordenado, en observancia de reglas
o principios metodologías preexistentes.
No se trata de un rechazo de la razón, sino de entenderla
desde el punto de vista de la invención, de su extraordinaria capacidad
creadora, en vez de reconocer en ella un estéril y aburrido conjunto de algoritmos.
Una razón que no está de pie sobre lo seguro e inambiguo, sobre el suelo de los
absolutos. Una razón que no tema a las crisis, que viva en las crisis, por
ellas o contra ellas.

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